Pintarme los dedos de los pies. Recoger el pedido equivocado de café y bagel. Conducir de Brooklyn a Jersey en un tráfico tan lento que quisiera arrancarme el pelo. Es increíble todas las cosas inútiles que puedo lograr mientras estoy en espera durante tres horas con el servicio de atención al cliente. Tres horas cuando debería estar preparando la página web de Cita en una caja para lanzarla en la gran feria de negocios en unos días. Pero mi flamante página web está fallando, y mi monstruo interior de la ira está listo para arrasar... cuando por fin contesta. No es la voz de robot que esperaba, sino la de un humano de carne y hueso llamado Cal. Es sorprendentemente servicial y sabe de lo que habla, aunque sea un poco torpe, de una forma adorable.
Y de repente estoy coqueteando con él. Y creo que él me devuelve el coqueteo.
Y de repente han pasado horas, y seguimos hablando por teléfono y pidiendo comida para llevar mientras él soluciona los problemas de mi página web. Y de repente estamos intercambiando números y enviándonos mensajes directos a diario, dejando mensajes de voz (¡¿quién hace eso hoy en día?!). Y de repente me pregunto si es posible que dos personas se enamoren a primera llamada. Porque me estoy enamorando... perdidamente.
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