A los treinta y cuatro, Vero tenía la vida resuelta. Mal, pero resuelta. Hasta que su madre murió y le pasó factura en forma de carta, llave y pulsera, todo incluido con destino: Punta Salvaje, Cádiz.
Decidió aparcar su guagua y plantarse en un pueblo costero lleno de surf, secretos y gente que no sabe vivir sin meterse en problemas.
¿El mayor de ellos?
Que allí también vivía él .
El tío que le rompió el corazón hace años.

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