Nunca debí haber aceptado el trabajo.
Todo Nueva York sabe quién es Dilan Brown. Padre soltero, CEO, el multimillonario más joven de Wall Street. El hombre cuya cara sonríe cada mes desde la portada de una revista distinta. El hombre que ahora está frente a mí y me dice que su carta no es negociable.
No tiene ni idea de por qué estoy realmente aquí.
Seis semanas. Entrar en su restaurante estrella, hacerme con las recetas, los procesos, los contactos de proveedores, y salir antes de que nadie descubra para quién trabajo. No debía ser nada más. No podía ser nada más… no si quería conservar lo poco que me quedaba.
Pero nadie me había dicho que Dilan Brown está en la cocina a las siete de la mañana y huele a pan recién hecho. Que habla por teléfono con su hija de seis años como si fuera la persona más importante del mundo, porque para él lo es.
Se supone que tengo que destruir a este hombre. No tengo elección.
Así que hago lo único que puedo: le cambio la carta. Ignoro sus instrucciones. Le lanzo miradas asesinas cada vez que entra en mi cocina como si fuera suya. Si me odia, será más fácil. Si me despide, aún mejor.
Pero no me despide.
En su lugar, su hija Mila aparece de repente en mi cocina y me pregunta si puedo enseñarle a hacer cheesecake. En su lugar, un domingo por la mañana me encuentro descalza sobre el suelo de mármol de su ático, con la sensación de haber llegado por fin a casa.
Y ese es el verdadero problema.
Porque el sobre que llevo en el bolso pesa más cada semana. Recetas, listas de proveedores, puntos débiles: todo va a parar directamente a las manos del hombre que lleva años queriendo arruinar a Dilan. El hombre al que no puedo decir que no. El hombre que sabe exactamente qué pasará si lo intento.
Debería irme. Desaparecer. Lo que sea, antes de que Dilan descubra la verdad. Antes de que Mila se acostumbre todavía más a mí.
Pero entonces lo veo trenzándole el pelo a su hija en la barra de la cocina mientras yo doy la vuelta a unas tortitas, y lo sé: ya es demasiado tarde.
Dicen que en Nueva York se puede comprar cualquier cosa. El perdón no entra en el lote.
No empezó con un coqueteo. Empezó con una mentira — y con alguien que me tiene en sus manos.

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