Penny es una prisionera. Una tormenta de furia impenitente, ya condenada y pudriéndose tras rejas polvorientas.
Entonces el oficial Adrian Darling entra en su celda, y el aire cambia.
No debería tocarla. No debería mirarla con ese hambre oscura y posesiva. Desde luego, no debería cruzar la línea que juró proteger.
Pero lo hace.
Lo que comienza como una lucha por el control se convierte en una mezcla fatal de deseo y furia. Cada encuentro es un borrón irregular de moralidad, un cóctel letal de castigo y deseo, asco y necesidad desesperada.
Ella cree que lo ha manipulado. Cree que finalmente él le está dando lo que quiere.
Pero Adrian nunca estuvo rompiendo las reglas por ella.
Él las estaba reescribiendo.
Y Penny no tiene idea de lo que acaba de aceptar convertirse.
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