“—¿Quién eres y que haces en mi casa? —pregunté levantando la bolsa dispuesta a descargarla con fuerza en la cabeza del intruso.—Buenos días. Baja los brazos, a mi no me vas a hacer daño pero tú acabaras con dolor de hombros si haces lo que estas pensando.
Con los ojos abiertos como platos y la boca todavía más abierta, me quedé mirando el espécimen masculino de metro noventa que tenía enfrente de mí. Semidesnudo, cubierto solo por mi delantal rosa de cocina, y con una faldita corta que había entrevisto mientras estaba de espaldas y me aproximaba a él no tan sigilosamente como yo había creído”

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